Enfin, pour compléter ton rôle de Marie,
Et pour mêler l'amour avec la barbarie,
Volupté noire! Des sept Péchés capitaux,
Bourreau plein de remords, je ferai sept Couteaux
Bien affilés, et comme un jongleur insensible,
Prenant le plus profond de ton amour pour cible,
Je les planterai tous dans ton Cœur pantelant,
Dans ton Cœur sanglotant, dans ton Cœur ruisselant!
Charles Baudelaire, À une Madone
.
A pesar de estar cansado, decidió esperar a que dieran las tres. No es que le apeteciera permanecer en el instituto, aunque tampoco le molestaba. Pero en la radio había escuchado que una manifestación pasaría muy cerca alrededor de las dos. Seguramente habría un embotellamiento y tendría que esperar hasta una hora debajo del sol blanco de las dos de la tarde. Para matar el tiempo, puso un disco en su pequeña grabadora y siguió leyendo una novela que había empezado hace tiempo. La novela trataba sobre tres hermanos, uno de los cuales, Dimitri, había sido acusado de matar a su padre. Éste personaje le resultaba profundamente odioso, le recordaba a su propio hermano, por ebrio y por idiota. Esta repulsión se veía agravada por la molestia que sentía al no recordar bien los pormenores de la historia. No estaba seguro de si Dimitri era o no culpable. Recordaba que en una parte crucial, durante un ataque de celos, Dimitri fue a la casa de su padre y golpeó a alguien en la cabeza. Pero no lograba recordar a quién, y dar vuelta a las páginas, para buscar esa parte, le daba pereza. Decidió dejar en paz la novela, le resultaba fastidioso no saber qué es lo que realmente sucedía. Solamente leía novelas en momentos como este. Bajo la incomodidad de la espera o el aburrimiento y sólo para matar el tiempo. Además, ya casi daban las tres.
La manifestación había pasado, solamente quedaba uno que otro rezagado con su pancarta y su gorra. También había menos gente que de costumbre, por lo que logró alcanzar un lugar al fondo del autobús. Miraba hacia los eucaliptos, pensó que serían árboles más bonitos si su resina oliera más fuerte.
–No son árboles que llamen la atención por algo en especial, definitivamente les ayuda su olor. –pensó
–Disculpe. ¿Me da permiso? –le dijo una chica que acababa de subir al camión.
Estaba en el otro asiento al de junto a la ventana, por lo que tapaba el paso a quien quisiera sentarse. Se levantó para que pudiera pasar y ella se sentó a su lado. Pero más importante que todo esto: la chica era hermosa. Aunque dirigido hacia los eucaliptos, su atención estaba en el tacto de su rodilla contra la de ella, en el reflejo de su rostro en el cristal y en su levísima fragancia.
"–Llegué a pensar que nunca llegarías, Martha. Además, no esperaba encontrarte en un autobús. Creí que la situación tendría alguna consistencia con cierto tipo de cosas y lugares. Y un autobús no me parece un lugar adecuado. No te sé decir muy bien cuál sí lo es. Tal vez debajo de las jacarandas cuando están cargadas de morado o en la taquilla del cine. Pero este no, estarás de acuerdo. Aunque no importa. Estos detalles poco importan.
–Claro que no importan, estos detalles sólo son relevantes porque tienen sentido en tu fantasía. Aquí estoy y aquí estás. Así que deja de pensar en cómo, cuándo y dónde debería de haberme aparecido. Eres incorregible."
–Con permiso. –le dijo la muchacha, señalando la puerta del autobús.
–Sí, disculpe, estaba distraído.
"–Te vas como la vez pasada. Me dices que no importan las circunstancias. Pero lo cierto es que no te importan, porque tampoco te importa verme. Deberías decirme de una buena vez si estás viendo a otro. Para dejar de molestarte. –pensó."
Al día siguiente decidió también esperar a que dieran las tres. No era una mala idea, la mayoría ya salieron de los institutos a esa hora y las calles estarían un poco más vacías. Ayer hizo la prueba y pudo ver que saliendo a las tres, se puede estar muy bien. Puso un disco en la grabadora y siguió leyendo la novela. Aunque continuaba molestándole no saber qué es lo que realmente sucedía. Incluso aumentó su confusión el que Dimitri quisiera cumplir con la condena a pesar de decirse inocente. Acaso quería ser castigado por el crimen, sin tener que admitirse culpable frente a sus hermanos y la sociedad. Pensó que era noble su arrepentimiento. Pero que en personas como él, en quienes no tendrá otras consecuencias además del lloriqueo del momento. El arrepentimiento resulta simplemente grotesco, si se me permite el oxímoron.
Dieron las tres de la tarde y salió del instituto. En el autobús, unos estudiantes platicaban vivamente. Había ya pocas personas de los institutos, la mayoría ya se habían marchado. A su izquierda, un grupo de tres estudiantes hablaba del partido de fútbol que acababan de ganar. No le prestaba atención a su conversación, sino que solamente observaba sus caras sudorosas y sonrientes. No le gustaba la docencia, aunque no por molestarle el contacto con los jóvenes. De hecho, este tipo de imágenes solían dejarle una sensación de contento algo vaga. Como cuando, sin que te lo diga, te das cuenta de que un amigo tuvo un buen día.
Un grupo de estudiantes subió en la siguiente parada. Entre las personas del grupo iba la misma chica del día anterior. Iba sonriente, bromeaba con sus amigos.
"–Entiendo que la diferencia de edad puede no ser algo para tomarse a la ligera. Se nota que la pasas mucho mejor con tus amigos de lo que la puedes pasar con alguien como yo. Pero al menos deberías ser sincera conmigo y decirme si estás viendo a otro o simplemente ya no quieres nada conmigo.
–No es que la pase mal contigo. La verdad es que me enseñas muchas cosas. Lo que pasa es que parece que quieres tomar las cosas de una forma muy seria y me da miedo. No creas que te estoy diciendo que ya no quiero saber nada de ti. Solamente digo que necesito pensarme las cosas un poco.
–Mira, no me mal entiendas. Estoy perfectamente consciente de que puedes no querer una relación como la que busco. Pero quiero que entiendas que no saber sobre qué suelo estoy parado me vuelve loco. Sólo seme sincera.
–Claro, te entiendo y créeme que lo estoy siendo, confía en mí."
Pensó que tenía la misma expresión de quietud resignada que una virgen de Filipo Lippi. Sintió curiosidad por saber cómo viviría una persona como ella. ¿Cómo sería su casa? ¿Qué clase de cosas haría en su tiempo libre? Bajó en la misma parada que ella y la siguió a una distancia prudente. De cualquier modo, tenía una apariencia que encajaba a la perfección en la del académico corriente. Por lo que no había por qué preocuparse de no llamar la atención.
Llegaron a una colonia modesta. Muchas de las casas tenían el aplanado de las paredes desprendido y pequeños jardines de mal gusto. Pensó que no era un lugar consistente con una madonna renacentista. Que la avenida cercana era ruidosa, llena de microbuses conducidos por personas voluntariosas e impacientes. Finalmente llegaron al pie de un edificio de apartamentos. La muchacha tocó en alguno de los números y esperó. Él pegó la espalda contra una camioneta lo suficientemente alta como para cubrirlo.
"Aguantó la respiración. Esa no era la casa de Martha, ella vivía unas calles más arriba. Pensó que tal vez sólo estaría visitando a algún conocido de la zona. Pero eso no podía ser, ella misma le había repetido muchas veces que quería irse de ahí. Que poco tenía que hacer en ese lugar y con esas personas."
Un muchacho se asomó por la ventana.
–Debe estar abierto, pasa. –le dijo.
Sintió que la sangre se le iba a la cara.
– ¡Puta, puta! ¡Primero este lugar de mierda y luego esto! ¡Puta! –dijo, esforzándose por no gritar.
"Sentía una profunda opresión en el pecho. Pensó que estaba mejor así. Dolía, pero era mejor que estar haciendo al tonto por más tiempo. Que esa historia no sólo iba terminar en cualquier momento. Sino que podía terminar con un drama innecesario.
–Ni qué hacerle. Mejor me voy a mi casa."
Todavía se escuchaban sus pasos subiendo por la escalera. La siguió hasta el departamento 403, tratando de no hacer ruido. Entró en el departamento justo después que ella. Los dos chicos, abrazados, lo miraron sorprendidos. Nadie dijo una palabra. El departamento estaba desordenado. La luz que entraba por las cortinas iluminaba el polvo que danzaba en el aire. Los ojos de la chica se abrieron y su labio superior se levantó ligeramente, en un gesto de ira y sorpresa. De nuevo la sangre se le iba a la cara. Tomó un cenicero de piedra y la golpeó en la cabeza. Después lo golpeó a él y siguió golpeándolos. La sangre les manaba abundante.
–Tengo las manos llenas de sangre, me las voy a tener que lavar. –dijo.

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